Estambul, la ciudad de los gatos

Pocas ciudades están tan estrechamente relacionadas con los gatos como Estambul. En sus calles es común encontrarlos descansando frente a una tienda, paseando entre los puestos de un mercado, entrando tranquilamente en una mezquita o durmiendo en algún rincón mientras la ciudad continúa moviéndose a su alrededor.

Pero esta convivencia no es una moda reciente. La relación entre Estambul y sus gatos tiene siglos de historia y comenzó mucho antes de que la ciudad recibiera su nombre actual.

Desde la antigua Constantinopla hasta la Estambul contemporánea, los gatos han compartido puertos, mercados, barrios y espacios públicos con sus habitantes. Con el tiempo, dejaron también una huella particular en la cultura de una ciudad que hoy parece difícil imaginar sin ellos.

Los gatos de Constantinopla

Mucho antes de convertirse en Estambul, la ciudad fue Constantinopla, capital del Imperio bizantino y uno de los centros comerciales más importantes de su época.

Su posición entre Europa y Asia, y entre el Mediterráneo y el mar Negro, la convirtió en un punto de encuentro para barcos, mercancías y viajeros procedentes de numerosos lugares. En un entorno lleno de alimentos almacenados y cargamentos, controlar a ratones y ratas era especialmente importante, y los gatos desempeñaban una función muy útil.

Las evidencias arqueológicas confirman que no eran una presencia excepcional. Las excavaciones realizadas en Yenikapı, donde se encontraba antiguamente el puerto de Teodosio, han recuperado una gran cantidad de restos de gatos correspondientes a diferentes momentos del periodo bizantino.

Los estudios de estos hallazgos indican que los felinos no solo ayudaban a controlar a los roedores, sino que ya formaban parte de la vida urbana de Constantinopla.

Incluso aparecen vinculados con personajes de las clases privilegiadas. La emperatriz bizantina Zoé, que vivió entre los siglos X y XI, es mencionada en las fuentes históricas por su afición a los gatos.

La historia felina de Estambul, por lo tanto, había comenzado muchos siglos antes de la llegada de los otomanos.

Los gatos durante el Imperio otomano

En 1453, Constantinopla fue conquistada por los otomanos y se convirtió en la capital de un nuevo imperio. La ciudad siguió siendo un enorme centro comercial y marítimo, y los gatos continuaron formando parte de sus calles y hogares.

Su capacidad para mantener alejados a los roedores seguía siendo especialmente valiosa en una ciudad llena de mercados, almacenes y viviendas donde se guardaban alimentos.

Pero durante el periodo otomano, la relación con los animales de la ciudad también estuvo relacionada con una importante tradición de caridad.

Alimentar a un animal que vivía en la calle podía entenderse como un acto de generosidad, y diferentes testimonios históricos describen a habitantes de Constantinopla proporcionando alimento a gatos, perros y aves.

Esta costumbre llegó incluso a producir una ocupación bastante peculiar: la del mancacı.

Los hombres que alimentaban a los gatos

Hombre turco rodeado de gatos mientras vende carne para alimentarlos, pintura de finales del siglo XVIII.
Hombre turco que vende carne de cordero para los gatos, finales del siglo XVIII. Obra de autor desconocido basada en una composición de Jean-Baptiste Vanmour. Óleo sobre cobre.

Los mancacı recorrían las calles vendiendo o distribuyendo alimento para los animales. Los habitantes podían comprarles pequeños trozos de carne para alimentar a los gatos y otros animales que vivían en los espacios públicos.

La existencia de estos personajes aparece documentada desde hace siglos. Viajeros que visitaron Constantinopla durante el periodo otomano describieron a personas dedicadas a proporcionar alimento a los animales de la ciudad.

Esta peculiar actividad también quedó representada en el arte. Una pintura de finales del siglo XVIII, basada en una composición de Jean-Baptiste Vanmour, muestra a un vendedor rodeado de gatos y lleva el revelador título Homme turc qui vend du mouton pour les chats (“Hombre turco que vende carne de cordero para los gatos”).

La escena resulta sorprendentemente familiar: siglos después, dejar comida para los gatos que viven en las calles sigue formando parte de la vida cotidiana de Estambul.

Los gatos y la tradición islámica

La consideración que recibieron los gatos durante el periodo otomano también estuvo relacionada con la tradición islámica.

A diferencia de otros animales, los gatos son considerados limpios dentro del islam. Un conocido hadiz relata cómo Abu Qatada, uno de los compañeros del profeta Mahoma, permitió que una gata bebiera del recipiente que utilizaba para realizar sus abluciones y recordó una enseñanza atribuida al profeta: los gatos no son impuros y conviven habitualmente entre las personas.

Esta consideración facilitó su presencia tanto en los hogares como en espacios religiosos. Incluso hoy no resulta extraño encontrar gatos paseando o descansando en los patios de algunas mezquitas de Estambul.

Con el paso del tiempo también surgieron numerosas historias acerca del cariño del profeta Mahoma por los gatos. La más conocida habla de una gata llamada Muezza que se quedó dormida sobre la manga de su túnica. Según la leyenda, Mahoma prefirió cortar la manga antes que despertarla.

Aunque esta bonita historia se ha repetido innumerables veces, no aparece en las fuentes islámicas tempranas y no puede considerarse un episodio histórico. Más que como un hecho sobre la vida de Mahoma, puede entenderse como una de las muchas leyendas que reflejan la asociación cultural entre los gatos, la limpieza y el trato compasivo hacia los animales.

Una tradición de cuidado

La preocupación por los animales en las ciudades otomanas no se limitaba a los gatos.

Durante siglos existieron fundaciones benéficas, conocidas como waqf, destinadas a financiar diferentes necesidades de la comunidad. Estas instituciones podían mantener fuentes, hospitales, escuelas, comedores y otros servicios públicos, y la caridad también se extendía al cuidado de los animales.

Los testimonios históricos hablan de comida distribuida a perros y gatos de las calles y de alimento destinado a las aves durante los meses de invierno.

No significa que la vida de todos los animales de Constantinopla fuera sencilla ni que existiera una especie de paraíso felino. La relación entre personas y animales fue mucho más compleja y cambió a lo largo de los siglos.

Sin embargo, la costumbre de alimentar a los animales que compartían los espacios públicos dejó una huella especialmente profunda en la ciudad.

Una costumbre que sobrevivió a los siglos

Persona acariciando a un gato comunitario en una calle de Estambul.
Un gato recibe caricias en una calle de Estambul, donde muchos felinos que viven en espacios públicos son cuidados por vecinos y comerciantes.

Estambul cambió enormemente después del final del Imperio otomano, pero los gatos nunca desaparecieron de sus calles.

Todavía hoy muchos viven de una manera difícil de clasificar simplemente como “doméstica” o “callejera”. Algunos no pertenecen a una familia en particular, pero son conocidos y cuidados por comerciantes, vecinos y personas que recorren diariamente el mismo barrio.

Es posible encontrar recipientes con agua y comida junto a las calles y pequeñas casas donde los gatos pueden refugiarse. Un animal puede dormir frente a un comercio, comer unas calles más adelante y recibir atención de diferentes personas a lo largo del día.

La antropóloga Kimberly Hart ha propuesto que estas prácticas contemporáneas pueden entenderse como una especie de memoria cultural de las antiguas tradiciones otomanas de compasión y caridad hacia los animales.

Así, aunque la ciudad que los rodea sea muy diferente, la relación entre los habitantes de Estambul y los animales con los que comparten sus calles mantiene vínculos con costumbres que se remontan a siglos atrás.

Kedi: los gatos de Estambul llegan al cine

Esta particular convivencia fue retratada en Kedi, el documental dirigido por la cineasta turca Ceyda Torun.

Estrenada en 2016, la película recorre diferentes barrios de Estambul siguiendo a varios de sus gatos. Pero, más que contar solamente sus vidas, muestra las relaciones que mantienen con comerciantes, pescadores, artistas y vecinos que los alimentan y cuidan.

Los gatos de Kedi no tienen necesariamente un único hogar. Se mueven libremente por la ciudad, establecen sus propios territorios y parecen decidir con qué personas quieren relacionarse.

Por eso, el documental termina siendo también un retrato de Estambul y de una forma de convivencia que se ha construido a lo largo de generaciones.

Una ciudad compartida

La historia de los gatos de Estambul no puede explicarse mediante una sola causa.

Su presencia está relacionada con la posición de la antigua Constantinopla como centro comercial y marítimo, con su utilidad para controlar roedores, con siglos de convivencia en los espacios urbanos, con las tradiciones islámicas sobre los gatos y con una cultura de cuidado comunitario hacia los animales que adquirió características particulares durante el periodo otomano.

Todo ello contribuyó a construir una relación que continúa siendo visible en las calles de la ciudad.

Los gatos de Estambul pueden no tener una casa o una persona a la que pertenezcan en el sentido tradicional, pero eso no significa necesariamente que estén solos. Muchos forman parte de comunidades que los conocen, alimentan y cuidan.

Quizá por eso, después de tantos siglos, resulta difícil pensar en ellos simplemente como gatos que viven en Estambul.

Ellos también forman parte de la ciudad.

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