Los gatos frente a la cámara de Ignacio Avilés

En 1925, un gato decidió acomodarse dentro de una pequeña cesta de mimbre frente a la cámara de Ignacio Avilés. El fotógrafo capturó la escena y escribió junto a la imagen un título sencillo y divertido: En “pose”.

No fue el único gato que pasó frente a su cámara.

Al recorrer las miles de fotografías que Avilés realizó durante las primeras décadas del siglo XX, los encontramos aquí y allá: descansando sobre una silla, acomodados entre los objetos de una casa o acompañando a miembros de su familia. Algunos permanecen anónimos; de otros conocemos incluso sus nombres.

Son pequeñas apariciones dentro de un archivo mucho más grande. Avilés fotografió ciudades, paisajes, edificios, obras de ingeniería, viajes, paseos y reuniones familiares. Los gatos pertenecían a otra parte de ese mismo mundo: la vida cotidiana que transcurría alrededor de todo aquello y que él también decidió conservar.

Pero hay algo más que hace especiales estas imágenes.

Las fotografías de Avilés no fueron concebidas originalmente como las imágenes planas que hoy observamos en una pantalla. Muchas son vistas estereoscópicas: pares de fotografías tomadas desde ángulos ligeramente diferentes que, contempladas mediante un visor especial, producían una sorprendente sensación de profundidad.

Hace cerca de un siglo, por lo tanto, alguien podía mirar a través de un estereoscopio y encontrarse con uno de aquellos gatos casi en tres dimensiones.

Detrás de esas imágenes estaba un ingeniero mexicano que comenzó utilizando la fotografía para documentar su trabajo y terminó construyendo un extraordinario registro del mundo que tenía frente a los ojos.

Y, por fortuna para nosotros, en ese mundo había muchos gatos.

Un ingeniero detrás de la cámara

Ignacio Avilés cargando a su hijo Ignacio Enrique Avilés Espejel en una escena familiar al aire libre, 1933.
Vis à vis, Ignacio Avilés con su hijo Ignacio Enrique Avilés Espejel, 1933. Plata gelatina sobre vidrio, virada al sepia. Archivo General de la Nación, Fondo Ignacio Avilés.

Ignacio Avilés Serna nació el 28 de marzo de 1890 en Tulancingo, Hidalgo. Estudió en la Escuela Nacional de Ingenieros y, entre 1919 y 1924, estuvo vinculado a la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas.

Las primeras fotografías conservadas de Avilés datan de enero de 1920 y están relacionadas con los trabajos del proyecto del Palacio Legislativo. En aquellos primeros años, la cámara estaba estrechamente vinculada con su profesión y le permitía documentar obras y proyectos de ingeniería.

Sin embargo, la fotografía pronto dejó de ser únicamente una herramienta de trabajo.

Avilés comenzó a llevar la cámara consigo durante sus fines de semana y a registrar reuniones familiares, paseos, viajes, lugares de entretenimiento y otras escenas de su vida cotidiana. Muchas de sus placas fueron cuidadosamente fechadas, dejando constancia incluso del día preciso en que fueron realizadas.

Poco a poco, lo que había comenzado como una práctica relacionada con su profesión terminó convirtiéndose también en una forma de conservar el mundo que lo rodeaba.

Y en ese mundo había gatos.

Fotografías para mirar en tres dimensiones

Al observar las fotografías estereoscópicas de Avilés encontramos dos imágenes casi idénticas colocadas una junto a la otra. La diferencia entre ambas es mínima, pero esencial para comprender cómo fueron concebidas.

La estereoscopía aprovecha un principio relacionado con nuestra propia visión. Debido a la separación entre nuestros ojos, cada uno observa el mundo desde un punto ligeramente diferente. Nuestro cerebro combina ambas perspectivas y obtiene así información sobre la profundidad.

Una cámara estereoscópica reproducía ese efecto registrando dos fotografías desde posiciones ligeramente separadas. Al contemplarlas posteriormente mediante un estereoscopio, cada ojo veía una imagen distinta y el cerebro las reunía, creando la ilusión de una escena tridimensional.

El principio había sido estudiado desde el siglo XIX. En 1838, el físico británico Charles Wheatstone presentó sus investigaciones sobre la visión binocular y un aparato que permitía observar dos imágenes como una sola representación tridimensional: el estereoscopio.

Con el desarrollo de la fotografía, las vistas estereoscópicas se hicieron enormemente populares. Permitían contemplar paisajes, monumentos, ciudades y lugares lejanos con una sensación de profundidad que una fotografía convencional no podía ofrecer.

Pero la técnica también encontró un espacio mucho más íntimo: el de los recuerdos personales y familiares.

Avilés la utilizó tanto para documentar grandes obras como para fotografiar los acontecimientos más sencillos de su vida.

Gatos en el archivo de Ignacio Avilés

Los gatos aparecen en distintas fotografías conservadas en el fondo de Ignacio Avilés. Algunos están identificados y otros permanecen anónimos, pero resulta especialmente interesante la naturalidad con la que forman parte de las escenas.

Una fotografía de 1925, titulada por el propio Avilés En “pose”, muestra a un gato cómodamente instalado dentro de una cesta de mimbre. El título resulta casi tan encantador como la imagen: más que documentar simplemente la presencia de un animal, Avilés parece reconocer el pequeño espectáculo de un gato perfectamente acomodado frente a su cámara.

La ficha del Archivo General de la Nación identifica la imagen como una vista estereoscópica realizada mediante plata gelatina sobre vidrio por revelado químico, con posible barniz y posteriormente virada al sepia. El original completo mide apenas 10.6 × 4.3 centímetros.

Es una buena muestra de cómo eran físicamente muchas de estas fotografías. El par estereoscópico ocupaba una pequeña placa de vidrio sobre la que quedaban registradas las dos perspectivas necesarias para producir la sensación de profundidad.

En otras fotografías encontramos gatos sobre sillas, cerca de objetos domésticos o acompañando a integrantes de la familia.

No sabemos quiénes fueron todos ellos ni podemos reconstruir sus historias únicamente a partir de las imágenes. Pero su presencia nos permite observar algo que pocas veces ocupa un lugar central en los documentos históricos: los animales que simplemente estaban ahí, formando parte de las casas y de los días de las personas que vivieron hace un siglo.

Rosita y Tilín

Rosa María Avilés Espejel acariciando a su gato Tilín, fotografiados por Ignacio Avilés en 1938.
Rosita y Tilín, Rosa María Avilés Espejel acariciando a su gato Tilín, 1938. Fotografía estereoscópica de Ignacio Avilés, plata gelatina sobre vidrio, virada al sepia. Archivo General de la Nación, Fondo Ignacio Avilés.

Entre esos gatos hay uno del que sabemos un poco más.

Se llamaba Tilín y era el gato de Rosita, hija de Ignacio Avilés. En algunas de sus anotaciones, el fotógrafo también llegó a referirse a él sencillamente como “el bicho”.

En una de las fotografías, Rosita se acerca a Tilín mientras el gato descansa completamente extendido sobre una silla de mimbre. Ella dirige la mirada hacia él y acerca una mano; Tilín permanece cómodamente recostado.

La escena no documenta ningún acontecimiento extraordinario. Es simplemente una niña junto a su gato y un padre detrás de la cámara.

Precisamente ahí reside buena parte de su encanto.

Otra fotografía nos permite conocer todavía mejor al pequeño protagonista. Está fechada el 5 de enero de 1938 y Avilés la tituló simplemente El Tilín. El gato aparece nuevamente sobre una silla de mimbre, extendido detrás de una gran vasija. Entre las dos imágenes del par estereoscópico, el fotógrafo escribió a mano la fecha y el nombre del gato.

La ficha del AGN describe curiosamente la escena como “Gato saliendo de una vasija” y registra nuevamente la técnica de plata gelatina sobre vidrio por revelado químico, con posible barniz y virado al sepia.

En esta fotografía, además, la estereoscopía debió resultar especialmente efectiva. La vasija ocupa un plano, Tilín aparece detrás de ella y el respaldo tejido de la silla se extiende todavía más al fondo. Al observar el par mediante un visor, esas pequeñas diferencias espaciales contribuían a crear la ilusión de profundidad.

Más allá de su interés técnico, las fotografías de Tilín conservan algo mucho más sencillo. Saber su nombre, reconocerlo en diferentes escenas e incluso encontrar las palabras que Avilés escribió junto a su imagen transforma nuestra manera de mirar el archivo.

Por un instante dejamos de observar únicamente un documento histórico y volvemos a encontrarnos frente a algo perfectamente reconocible: las fotografías familiares de una niña y su gato.

Una mirada que iba de lo monumental a lo cotidiano

La enorme variedad del archivo de Ignacio Avilés permite comprender hasta dónde llegó su curiosidad fotográfica.

Su formación como ingeniero aparece en numerosas imágenes de construcciones, infraestructura y obras públicas. Pero su cámara también recorrió ciudades y pueblos, registró paisajes, monumentos, viajes, actividades recreativas y escenas familiares.

Avilés experimentó incluso con las posibilidades técnicas de la fotografía estereoscópica al registrar sujetos en movimiento, entre ellos locomotoras y carreras de automóviles.

En ese contexto, sus fotografías de gatos pueden parecer insignificantes.

Pero precisamente esa convivencia entre lo monumental y lo cotidiano es una de las cosas que vuelven tan interesante su archivo. Para Avilés, una obra de ingeniería podía merecer una fotografía, pero también un paseo, una reunión familiar o un gato que había decidido acomodarse dentro de una cesta.

La cámara podía pasar de documentar la transformación de una ciudad a conservar algo que probablemente habría desaparecido sin dejar ninguna otra huella.

Más de diez mil ventanas al pasado

El resultado de aquella afición fue extraordinario.

El fondo fotográfico de Ignacio Avilés conserva más de diez mil imágenes estereoscópicas, realizadas principalmente entre 1920 y 1940. En ellas aparecen vistas panorámicas, edificios, monumentos, ciudades y pueblos mexicanos, obras de ingeniería, lugares de entretenimiento y numerosos momentos de su vida pública y privada.

Vistas en conjunto, forman un amplio retrato del México que Avilés recorrió y conoció durante aquellas décadas.

Pero también tienen algo de gigantesco álbum familiar.

Y los álbumes familiares poseen una cualidad particular: conservan aquello que alguien quiso fotografiar, pero también una enorme cantidad de información que probablemente nadie pensó que tendría importancia cien años después.

Una silla, una cesta, la ropa de un día cualquiera, el interior de una casa o la forma en que un gato ocupaba tranquilamente un mueble pueden terminar diciéndonos mucho sobre la vida cotidiana de otra época.

Las fotografías de Avilés preservaron precisamente esa convivencia entre lo excepcional y lo ordinario.

Los gatos que permanecieron en la fotografía

Rosita y el sobrino de Kiko, Rosa María Avilés Espejel con un gato, 1938. Fotografía estereoscópica de Ignacio Avilés, plata gelatina sobre vidrio, virada al sepia. Archivo General de la Nación, Fondo Ignacio Avilés.

En 2002, el Archivo General de la Nación realizó trabajos de estabilización del fondo de Ignacio Avilés y, en 2012, sus placas fueron digitalizadas para favorecer su conservación y consulta.

Gracias a ese trabajo, las fotografías que Avilés realizó durante sus días de trabajo, viajes, paseos y momentos familiares pueden ser observadas hoy por personas que nunca imaginó como su público.

Probablemente tampoco imaginó que, cerca de un siglo después, alguien recorrería su enorme archivo deteniéndose especialmente en los gatos.

Sin embargo, ahí siguen.

Algunos tienen nombre y otros permanecen anónimos. Están dentro de cestas, descansando sobre muebles o acompañando a las personas, formando parte de aquellas pequeñas escenas que transcurrían mientras ocurrían las grandes cosas.

Quizá esa sea una de las cualidades más hermosas de un archivo como este. Preserva aquello que su autor quiso fotografiar, pero también permite que generaciones posteriores encuentren nuevas historias dentro de las imágenes.

La cámara de Ignacio Avilés conservó una parte del México de principios del siglo XX. Y entre las miles de escenas que sobrevivieron quedaron también sus gatos: pequeños habitantes de aquella vida cotidiana que, cerca de cien años después, todavía podemos encontrar frente a su cámara.