Cuando los españoles entraron en Tenochtitlán en 1519, encontraron una ciudad que difícilmente podían comparar con algo que hubieran visto antes. Entre sus canales, templos, mercados, jardines y palacios existía también un espacio que despertó especialmente su curiosidad: un gran recinto donde los mexicas mantenían animales procedentes de distintas regiones de Mesoamérica.
Había aves de numerosos colores, águilas, serpientes, lobos y grandes felinos. Entre ellos se encontraban algunos de los animales más poderosos del continente: jaguares y pumas.
El lugar ha pasado a la historia popular como el “zoológico de Moctezuma”, aunque llamarlo así puede resultar engañoso. No era un zoológico en el sentido moderno, creado principalmente para la exhibición, la educación o la conservación de animales. Formaba parte de un sistema mucho más complejo en el que la naturaleza, el poder político, el trabajo artesanal y la vida ritual de Tenochtitlán estaban profundamente interrelacionados.
Y más de quinientos años después, los huesos encontrados bajo la Ciudad de México están permitiendo reconstruir la historia de algunos de los animales que vivieron allí.
El Totocalli, la casa de los animales

Las fuentes del siglo XVI hablan de distintos espacios destinados al cuidado de animales en Tenochtitlán. Uno de ellos recibió el nombre náhuatl de Totocalli, que suele traducirse como “Casa de las Aves”. El nombre, sin embargo, se queda corto.
Además de aves, las fuentes describen reptiles, anfibios y mamíferos. Los españoles terminaron refiriéndose también al lugar como una “casa de fieras” o casa de animales.
Hernán Cortés quedó impresionado por lo que encontró. En su descripción aparecen grandes jaulas construidas con gruesos maderos y animales a los que llamó “leones”, “tigres” y “gatos de diversas maneras”. Por supuesto, no había tigres ni leones africanos en el México prehispánico.
Los recién llegados intentaban describir una fauna desconocida utilizando los nombres de animales que les resultaban familiares. Los “tigres” mencionados repetidamente en las crónicas de la Nueva España eran generalmente jaguares, mientras que el término “león” podía utilizarse para hablar del puma. La identificación de otros animales mencionados en estos textos puede ser más complicada.
Sabemos, sin embargo, que entre los mamíferos mantenidos en estos espacios hubo jaguares, pumas, lobos y gatos monteses, además de otros animales. Para los europeos que contemplaban aquellos animales por primera vez, la escena debió resultar extraordinaria. Pero para los mexicas, su presencia tenía un significado mucho más profundo.
El jaguar, mucho más que un gran gato

Pocos animales ocuparon un lugar tan importante en el mundo mesoamericano como el jaguar. Su fuerza, su capacidad para moverse tanto de día como de noche y su dominio como depredador hicieron de él un animal cargado de significados políticos y religiosos mucho antes del gobierno de Moctezuma II.
Su imagen aparece en esculturas, códices, objetos rituales y representaciones de guerreros. En el mundo mexica estaba relacionado con ideas de poder, guerra, noche y con fuerzas vinculadas al ámbito sobrenatural.
Tener un jaguar vivo en el corazón de Tenochtitlán, por lo tanto, significaba mucho más que poseer un animal exótico. Además, algunos de estos ejemplares habían recorrido enormes distancias antes de llegar a la capital.
Tenochtitlán recibía animales procedentes de diferentes regiones a través del comercio, los tributos y los regalos. La presencia de animales provenientes de ecosistemas lejanos era, de cierta manera, una manifestación del enorme alcance de las redes políticas y comerciales mexicas.
El cuidado de los animales del Totocalli
Mantener semejante variedad de animales en medio de una ciudad requería una organización considerable.
Las crónicas describen espacios adaptados a distintos tipos de fauna. Las aves de presa eran mantenidas en grandes jaulas con zonas donde podían protegerse de la lluvia y otras donde podían recibir el sol. Los mamíferos ocupaban recintos construidos con gruesos maderos, mientras que serpientes y otros animales eran alojados en espacios especiales.
También había estanques destinados a aves acuáticas, algunos con agua dulce y otros con agua salada, según las necesidades de los animales. Y había personas encargadas específicamente de atenderlos.
Las fuentes españolas hablan de numerosos cuidadores responsables de alimentar a los animales, mantener sus espacios y atender a los ejemplares enfermos. Las cifras proporcionadas por los cronistas deben manejarse con cautela —como ocurre con muchas de sus estimaciones sobre Tenochtitlán—, pero dejan claro que el mantenimiento de los animales implicaba trabajo especializado y permanente.
Durante siglos, esas crónicas fueron nuestra principal ventana hacia el Totocalli. Hasta que la arqueología comenzó a contar su propia historia.
Los animales encontrados bajo Tenochtitlán
Las excavaciones realizadas por el Proyecto Templo Mayor han recuperado una extraordinaria variedad de restos animales. Entre ellos hay águilas, lobos y jaguares. Lo verdaderamente sorprendente es que algunos huesos conservan señales que permiten reconstruir parte de la vida de esos animales.
En enero de 2026, el Instituto Nacional de Antropología e Historia presentó una investigación del arqueólogo Israel Elizalde Méndez dedicada precisamente al cautiverio de animales en la antigua Tenochtitlán. El estudio analiza restos de 28 ejemplares recuperados en ocho ofrendas del Templo Mayor, entre ellos aves, lobos y jaguares.
Gracias a estas investigaciones, ya no dependemos solamente de lo que Cortés o Bernal Díaz dijeron haber visto. Los propios animales han dejado evidencia de su cautiverio.
Felinos en el corazón de una ciudad
Hay algo extraordinario en imaginar aquella escena.
Hace poco más de quinientos años, en el lugar donde hoy se extiende el Centro Histórico de la Ciudad de México, personas se ocupaban diariamente de alimentar y cuidar jaguares, pumas, lobos, águilas y muchos otros animales.
Algunos habían llegado desde regiones situadas a cientos de kilómetros. Habían sido trasladados hasta Tenochtitlán, donde permanecieron bajo cuidado humano en una de las ciudades más grandes del continente.
Sabemos que el Totocalli fue representado en el Códice Florentino. También aparece un recinto de animales en el famoso mapa de Tenochtitlán publicado en Núremberg en 1524, donde fue señalado en latín como Domus animalium, la “casa de los animales”.
La historia del lugar, sin embargo, terminó junto con la ciudad que lo había creado. Durante el sitio de Tenochtitlán, Cortés ordenó incendiar edificios de la zona y escribió posteriormente que entre ellos se encontraban las casas donde Moctezuma había mantenido aves.
El mundo que los españoles habían contemplado apenas unos años antes estaba desapareciendo. Pero no desapareció completamente. Quedaron las crónicas. Quedaron las imágenes de los códices. Y bajo las construcciones de la Ciudad de México quedaron también los huesos de algunos de aquellos animales.
Cinco siglos después, un jaguar enterrado en una ofrenda del Templo Mayor todavía puede ayudarnos a reconstruir una parte de su historia.
Y recordarnos que mucho antes de que los gatos domésticos se instalaran definitivamente en las casas mexicanas, otros felinos ya ocupaban un lugar extraordinario en la vida, el poder y el imaginario de estas tierras.