Cuando pensamos en gatos en el mundo antiguo, es casi inevitable pensar primero en Egipto. Allí aparecen en pinturas, esculturas, tumbas y objetos religiosos, y con el paso del tiempo llegaron a ocupar un lugar especialmente importante dentro de algunas prácticas religiosas.
Al otro lado del Mediterráneo, en la antigua Grecia, la historia fue muy diferente.
Los griegos conocieron a los gatos y, al menos desde finales del periodo arcaico y durante el periodo clásico, encontramos algunas huellas de su presencia. Sin embargo, durante buena parte de la Antigüedad el gato doméstico parece haber sido mucho menos habitual de lo que podríamos imaginar.
De hecho, durante siglos hubo otro pequeño animal encargado de una tarea que hoy asociamos inmediatamente con los gatos: mantener a los ratones alejados de las casas.
Antes del gato, la comadreja
En los hogares griegos, las comadrejas y otros pequeños mustélidos podían utilizarse para controlar ratones y otras plagas. Esta costumbre explica algo que puede resultar extraño para un lector moderno: en algunos relatos antiguos, el papel que esperaríamos que desempeñara un gato lo ocupa una comadreja.
Un ejemplo especialmente curioso aparece en La batalla de las ranas y los ratones, un poema burlesco atribuido durante mucho tiempo a Homero, aunque probablemente compuesto varios siglos después. En él, uno de los ratones enumera los peligros que más teme. Entre ellos se encuentran el halcón, las trampas y un pequeño mustélido cazador. El gato, en cambio, ni siquiera aparece.
Para nosotros puede resultar extraño. Después de siglos de historias sobre gatos persiguiendo ratones, ambos animales parecen formar una pareja inevitable. Pero para muchos griegos antiguos ese papel pertenecía todavía a la comadreja.
Incluso las palabras utilizadas por los autores griegos pueden crear cierta confusión.
El término galē se utilizaba principalmente para pequeños mustélidos, mientras que ailouros podía referirse a animales felinos. Sin embargo, las distinciones no siempre son tan claras en los textos antiguos como quisiéramos. Por eso algunas traducciones modernas pueden presentar como “gatos” a animales cuya identidad resulta más ambigua en el original.
Algo parecido sucede con las imágenes. Una pequeña criatura de cuatro patas y cola larga representada hace más de dos mil años no siempre puede identificarse con absoluta seguridad como un gato doméstico.
Esta incertidumbre es una de las razones por las que reconstruir la historia de los gatos griegos resulta tan interesante.
Un animal conocido, pero todavía poco común
Esto no significa que los griegos desconocieran a los gatos.
Heródoto, que escribió en el siglo V a. C., habló de ellos al describir las costumbres de Egipto. Allí encontró una relación entre humanos y felinos muy diferente de la que conocía en el mundo griego: los gatos tenían una importante dimensión religiosa y recibían cuidados y rituales especiales.
El propio vocabulario utilizado por los autores antiguos ofrece algunas pistas. Ailouros aparece posteriormente en los escritos de Aristóteles para referirse a un animal claramente felino, aunque determinar si ciertos textos hablan de gatos domésticos o silvestres puede resultar complicado.
Lo que sí parece claro es que el gato no ocupaba todavía en la vida cotidiana griega el lugar que tendría siglos después en muchos hogares europeos.
Gatos viajando por el Mediterráneo
La llegada y expansión del gato doméstico no ocurrió de un día para otro.
El Mediterráneo antiguo era una enorme red de ciudades portuarias, comerciantes, viajeros y embarcaciones que transportaban personas, alimentos, objetos y también animales. El mundo griego mantenía contactos constantes con Egipto, el Cercano Oriente y otras regiones del Mediterráneo.
Los gatos pudieron desplazarse gradualmente a través de esas mismas redes.
Además, un pequeño cazador de ratones tenía una ventaja evidente en los lugares donde se almacenaban alimentos y mercancías. Con el crecimiento de las conexiones entre distintas regiones mediterráneas, los gatos fueron apareciendo cada vez más lejos de los lugares donde su presencia doméstica estaba establecida desde mucho antes.
No parece haber existido un único momento en el que podamos decir que los gatos “llegaron a Grecia”. Más bien encontramos un proceso gradual, cuyas huellas se hacen más visibles conforme avanzan los siglos.
El problema de encontrar un gato en el arte griego

A diferencia de Egipto, donde existen numerosas representaciones inequívocas de gatos, reconocerlos en el arte griego puede convertirse casi en un pequeño ejercicio detectivesco.
Una de las primeras imágenes conocidas aparece en Atenas hacia el año 510 a. C. En la base de mármol de una estatua funeraria de un joven, encontrada en el Cerámico y actualmente conservada en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas, dos hombres aparecen sentados frente a frente. Uno sostiene a un perro con una correa; el otro, a un gato. Los animales parecen estar a punto de enfrentarse mientras otros dos jóvenes observan la escena.
La imagen resulta especialmente interesante porque pertenece precisamente al momento en que los gatos comienzan a hacerse visibles en el mundo griego.
Durante el siglo V a. C. encontramos también pequeños felinos en las monedas de algunas ciudades griegas del sur de Italia. En Tarento, por ejemplo, ciertas monedas acuñadas hacia 430–425 a. C. muestran a un joven sentado jugando con un pequeño gato que se levanta sobre sus patas traseras frente a él.
Algunas décadas después, en Campania, en el sur de Italia, una región estrechamente vinculada al mundo griego, un cráter de figuras rojas fechado hacia 410–400 a. C. muestra una escena todavía más cercana: un joven sostiene entre sus brazos a un pequeño gato rayado.

Escenas como estas sugieren que algunos gatos ya vivían cerca de las personas y podían ser considerados animales de compañía. Sin embargo, todavía parecen haber sido mucho menos habituales que los perros, las aves y las comadrejas.
Además, no todas las imágenes antiguas resultan tan fáciles de interpretar. En vasos, relieves y otros objetos aparecen pequeños animales que podrían ser gatos, pero que también han sido identificados como comadrejas, martas o gatos silvestres.
Algo parecido ocurre con los textos. Las palabras utilizadas por los autores griegos no siempre permiten distinguir con seguridad entre estos animales, de modo que una traducción moderna puede hablar de un “gato” allí donde el original resulta mucho más ambiguo.
Por eso, seguir las primeras huellas del gato en Grecia requiere cierta cautela. Lo que encontramos es un proceso gradual: pequeñas apariciones que se vuelven más frecuentes conforme avanzan los siglos.
¿Los gatos estaban relacionados con Artemisa?
Aquí aparece una de las historias más repetidas sobre los gatos de la antigua Grecia.
Es frecuente encontrar afirmaciones según las cuales el gato era un animal sagrado de Artemisa, la diosa griega de la caza y la naturaleza. La realidad es bastante más compleja.
En Egipto, la relación religiosa con los felinos estaba claramente desarrollada y Bastet llegó a representarse en forma de gata o como una mujer con cabeza de gata. Durante el periodo ptolemaico, cuando una dinastía de origen macedonio gobernaba Egipto, las culturas griega y egipcia convivieron y se entrelazaron de numerosas maneras.
Eso favoreció asociaciones entre divinidades de ambas tradiciones.
Sin embargo, decir simplemente que “los gatos eran sagrados para Artemisa” proyecta sobre la Grecia antigua una relación mucho más clara de la que permiten afirmar las fuentes.
Incluso una historia que suele utilizarse para relacionar a Artemisa con los gatos procede de una fuente romana mucho más tardía: en las Metamorfosis de Ovidio, Diana —la equivalente romana de Artemisa— adopta la forma de una gata cuando los dioses huyen a Egipto.
Es una historia fascinante, pero no demuestra que los griegos de los siglos anteriores veneraran a los gatos como animales de Artemisa.
De visitante a compañero cotidiano
Con el paso de los siglos, el panorama comenzó a cambiar.
Las conexiones entre Egipto, Grecia y posteriormente Roma facilitaron la circulación de gatos por el Mediterráneo. Durante el periodo helenístico, su presencia parece haberse hecho más habitual y, ya en época romana, los gatos aparecen con mayor frecuencia tanto en el arte como en otros testimonios.
La transición tampoco fue inmediata. Las comadrejas continuaron apareciendo durante mucho tiempo como cazadoras de ratones, incluso cuando los gatos ya eran conocidos.
Poco a poco, sin embargo, el gato terminaría convirtiéndose en el cazador de ratones por excelencia y se extendería mucho más ampliamente por Europa.
La antigua Grecia conserva así una etapa especialmente interesante de esa historia: un mundo en el que el gato ya era conocido y comenzaba a aparecer junto a las personas, pero todavía no era el compañero doméstico familiar que llegaría a ser después.
Una historia escrita entre las huellas

Quizá lo más interesante de los gatos en la antigua Grecia sea precisamente todo lo que todavía no sabemos.
A diferencia de los gatos egipcios, que dejaron numerosas representaciones y restos arqueológicos, los gatos del mundo griego aparecen de manera mucho más discreta. Los encontramos en palabras cuya traducción puede ser ambigua, en pequeñas figuras que no siempre son fáciles de identificar, en monedas y relieves, y en referencias dispersas entre textos escritos hace más de dos mil años.
Pero esas pequeñas pistas permiten seguir un proceso mucho mayor.
Mientras personas, mercancías e ideas circulaban por las rutas del Mediterráneo, los gatos también comenzaron a aparecer en nuevos lugares. Poco a poco dejaron de ser una presencia rara para convertirse en habitantes cada vez más familiares de las sociedades mediterráneas.
Mucho antes de conquistar nuestros sillones, nuestras camas y probablemente buena parte de internet, los gatos ya estaban haciendo algo que continuarían haciendo durante los siguientes dos mil años: encontrar la manera de instalarse junto a nosotros.