Gatos jugando (1875)
Dos gatos, un ovillo de lana roja y un tejido en peligro protagonizan esta encantadora obra de Vilhelm Oskar Engström, fechada en 1875.
Dos gatos, un ovillo de lana roja y un tejido en peligro protagonizan esta encantadora obra de Vilhelm Oskar Engström, fechada en 1875.
Flores, frutas, cristal y un gato sospechosamente cerca de dos pájaros componen este bodegón de José Agustín Arrieta, pintado en el México del siglo XIX.
Un enorme vestido rojo, un gato entre los brazos y un pequeño perro a sus pies: así retrató Ammi Phillips a una niña estadounidense hace casi dos siglos.
En La viuda, una curiosa cromolitografía del siglo XIX, Frederick Dielman transforma a una gata con una enorme gorguera de encaje en la protagonista de un solemne retrato.
En Retrato de un gato, Wilhelm Gräbhein convierte a un gato atigrado en el protagonista absoluto de una pintura íntima y llena de personalidad.
En Estudio de un gato blanco y negro (c. 1850), el pintor belga Charles Verlat captura un instante de curiosidad felina en una pequeña obra llena de movimiento y expresión.
En Kätzchen, la pintora alemana Sophie Sperlich convierte el retrato de un pequeño gato en una encantadora escena llena de curiosidad y personalidad.
En Gato dormido, Hara Zaisei captura la serenidad de un felino descansando entre flores en una delicada obra japonesa del periodo Edo.
En La pluma (1910), el pintor belga Charles van den Eycken captura la curiosidad de un gato ante un objeto irresistible, convirtiendo un pequeño momento cotidiano en una encantadora escena felina.
En Tejiendo (1895), la pintora estadounidense Anna Richards Brewster captura un tranquilo momento cotidiano entre una joven y una gata, una escena de compañía y serenidad que sigue resultando familiar más de un siglo después.